ORACIÓN
Padre, quiero abrir mi corazón al mundo,
dar a conocer el tesoro de tu ternura
y anunciar tu alegría a mis hermanos.
“Aquí estoy, envíame”.
Quiero ser “portador de Cristo”,
profeta de tu palabra y testigo de tu amor,
hasta alcanzar los confines de la tierra.
“Aquí estoy, envíame”.
Tú, que nos empujas con tu Espíritu
y superas nuestras expectativas,
camina conmigo y sé siempre mi fuerza.
“Aquí estoy, envíame”.
Te lo pido por medio de María,
la humilde, la generosa, la valiente. Amén.
Jennifer (primera de la derecha) junto a otras hermanas
a punto de embarcar para Roma para asistir
a la canonización de D. Manuel.
¡Hola! Me llamo Jennifer Montero y soy de Guayaquil, Ecuador. Soy novicia de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, y actualmente estoy realizando el noviciado en Santa Fe, Argentina. Soy de una familia católica, pero de los que participan en los sacramentos más bien por tradición; mi familia asiste a Misa si hay algún funeral o a la Misa de Navidad. De pequeña recibí los sacramentos porque mis padres son católicos y así lo quisieron. Pero cuando recibí la Confirmación me di cuenta de que no estábamos siendo coherentes.
Entonces quise tomarme mi vida de cristiana más en serio y me planteé la posibilidad de pertenecer a algún grupo juvenil. Conocí a don Manuel a través de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, con las que entré en contacto por medio de una amiga que había participado en una convivencia con ellas. En aquel tiempo yo sentía que tenía una misión en la vida, porque en realidad todo el mundo viene con una misión, y tenemos que descubrirla.
¡A descubrir mi misión!
Además, a mí siempre me habían llamado la atención las religiosas, así me pareció buena idea acercarme a ellas. Fui a su casa y las conocí y me invitaron a una pequeña misión, en un pueblito cerca de Guayaquil, con motivo del 4 de marzo. Yo, muy decidida, me apunté en seguida, sin saber bien de qué iba eso… Y así empecé un poco a conocer el carisma.
Una convivencia vocacional
Después de esto, las hermanas me llamaron para una convivencia vocacional y allí vi claro que tenía que hacer un discernimiento porque había cierta inquietud en mi interior. Durante ese proceso fui conociendo más en profundidad la espiritualidad y el carisma de la Obra que había fundado don Manuel. Recuerdo que me dieron una estampita de don Manuel en la que decía algo así como: “qué feliz sería si yo lograra hacer caer en la cuenta a todos lo grandiosa que es la Eucaristía”. Esa frase me impactó mucho, porque yo era de las que comulgaba pero no con demasiada frecuencia, los domingos y poco más. Y eso me hizo pensar. A partir de ahí fui acercándome más a Jesús Eucaristía: empecé a frecuentar la capilla de mi colegio, en la hora del recreo, para ir a rezar y hacer la visita a Jesús y, poco a poco, Jesús Eucaristía me fue fascinando cada vez más.
Conocer más a don Manuel
Me ayudó mucho leer el libro de don Manuel “Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario”, que por cierto, es mi libro favorito. Y también su biografía, “El Obispo del Sagrario abandonado”. ¡Me impactó tanto! Me di cuenta de que realmente don Manuel era un hombre enamorado de Jesús, vivo en la Eucaristía. Él nos cuenta su profunda experiencia, pero a la vez es tan sencillo, tan cercano, que me hizo descubrir que eso nos puede pasar a cualquiera, también a ti y a mí. En lo más sencillo él encontró a Jesús. ¡Eso es increíble! Desde entonces le tengo un cariño muy especial. Otro libro que me ha ayudado mucho, sobre todo en el apostolado cuando doy catequesis a los niños de primera Comunión, ha sido “Cartilla del catequista cabal”. Me encanta la experiencia de san Manuel como catequista, porque ¡es tan cierto todo lo que cuenta! Además nos explica cómo hacer, nos ayuda a encontrar la solución para que nuestros apostolados sean al estilo del de Jesús.
¡La canonización!
Poder participar en la canonización de don Manuel ha sido algo muy emocionante. Para empezar, yo nunca he estado en una ceremonia así y, encima, que sea la de don Manuel, ¡uf, es algo increíble! Es ese hombre del que he leído, al que le tengo tanto cariño… ese que para mí ya era un santo, ahora la Iglesia lo declara santo públicamente. Me siento muy orgullosa de ser parte de su obra, de su familia. Para mí no es un santo más, es nuestro padre. Creo que ha sido una gracia muy grande que me ha concedido él, y sobre todo Dios. Siento que don Manuel ha intercedido para que yo pudiera participar de este evento tan importante para toda la familia eucarística. Ha sido y sigue siendo un tiempo de gracia que, sin duda, dará mucho fruto.
La semilla de Nazaret, de una Congregación religiosa que conservara el carisma eucarístico reparador, estaba presente en el Beato Manuel González como sueño y profecía. A la vez, iba surgiendo la inquietud vocacional con este carisma en las jóvenes que participaban de su espiritualidad y misión. Así, el 3 de mayo de 1921, su sueño se hace realidad: nace nuestra Congregación de Misioneras Eucarísticas de Nazaret. Un sueño realizado por puro don y gracia de Dios, que hoy cumple 95 años. ¡Feliz aniversario Nazaret!
Soñando con el mañana
1. Tú me soñaste y me diste la vida,
y me engendraste en tu corazón,
allí me forjaste valiente y decidida,
dispuesta a dar todo, al Todo por amor.
2. Tú me quisiste al lado de María,
junto a la Cruz donde se aprende Amor,
llenando surcos de tu semilla Viva,
de la que nace el más fiel y puro amor.
Levanta tu tienda y no mires atrás, que muchos surcos esperándote están... deja que crezca, los soles la maduren, confía en la potencia que en la semilla va.
3. Tú me quisiste orante y misionera,
entre las manos el hilo del amor,
hasta lograr una red inmensa,
que atraiga a todos, a su barca, pescador.
4. Tú me forjaste voz que a todos llame,
a descubrir de la Eucaristía el don.
Eucaristía, de Jesús presencia viva
que construye el Reino creando comunión.
Levanta tu tienda...
5. Y me lanzaste por pueblos y ciudades,
mostrando a todos que existe un manantial:
Eucaristía, fuente que mana y corre,
porque su Amor no se agota jamás.
6. Me invitaste a luchar contra el abandono,
que es en el mundo raíz de todo mal.
Luchar sembrando amor a todas horas.
Sólo es el Bien el que siempre vencen el mal.
1-El que no hace planes, sino que se deja conducir por el Espíritu de Dios.
2-El que tiene un proyecto: testimoniar el Evangelio, anunciar el Reino.
3-Quien se deja guiar y dirigir por los acontecimientos, y sabe esperar.
4-Aquel que se sabe impulsado por la misión a replantear el mensaje de Jesús a los alejados.
5-Una persona amable, alegre, abierta a los acontecimientos para dar respuesta desde la fe.
6-Quien respeta al hombre en su cultura y la integra en el proceso de evangelización.
7-Aquel que aprende a vivir con sus contradicciones y las de los demás.
8-Quien se pone al servicio del otro desde la escucha; calla y ama.
9-Una persona que se sabe itinerante en la misión. Está de paso.
10-Tiene como fundamento, fuente y centro de su vida a Cristo resucitado.
¿Qué necesito para vivir en libertad la misión que Dios pensó para mi vida?
Valentía para la misión confiada. Generosidad para ofrecer mi tiempo. Misericordia para perdonar hasta setenta veces siete. Ilusión para no caer en la rutina. Humildad para acoger la propia debilidad. Alegría para ofrecer momentos de distensión. Silencio para escuchar con atención. Verdad para encontrar la paz. Esfuerzo para seguir caminando. Acogida de lo inesperado. Gratuidad para dar sin recibir nada a cambio, como Jesús en la Eucaristía...
¡Qué bello es anunciar sobre los montes tu Palabra!
Gritar entre las gentes que es posible tu Evangelio.
Ser carta de Dios que escriba cada día
que todos hemos de ser tu gran familia.
Envíame, envíame, tu paz y tu alegría. Envíame, envíame, tu impulso y tu esperanza. Que siembre tu semilla en medio del dolor y la violencia que deshace las sonrisas.
Hoy siento que mi amor no ha de quedarse sólo en mí.
Siento que, de no darse, se pudriría en mis entrañas.
Hoy quiero cantar, gritar en cielo y tierra
que siento en mi pobreza una gran fuerza.
Aquí estoy, Señor.
Quiero ir en tu Nombre adonde quieras.
Me pongo en tus manos, como el barro en las manos del alfarero.
Haz de mí un testigo de la fe para iluminar a los que andan en tinieblas.
Un testigo de esperanza, para devolver la ilusión a los desencantados.
Un testigo de amor, para llenar el mundo de solidaridad. Aquí estoy, Señor, envíame.
Pon tu Palabra en mis labios,
pon en mis pies tu diligencia y en mis manos tu tarea.
Pon tu Espíritu en mi espíritu, pon en mi pecho tu amor,
pon tu fuerza en mi debilidad y en mi duda tu voluntad.
Para que ponga respeto entre los seres, justicia entre los hombres,
paz entre los pueblos, alegría en la vida, ilusión en la Iglesia,
gozo y esperanza en la misión. Amén.
¿Por dónde
empezar? ¿Qué contar? Son muchas las experiencias maravillosas que me ha
regalado el Señor, enriquecidas con el carisma y originalidad del Beato Manuel
González.
Escribiré dos
testimonios, el primero lo considero la raíz de mi vocación como Misionera
Eucarística de Nazaret; la semilla primigenia que luego iría creciendo y
madurando, mi primer llamado a una vida eucarística. Esto sucedió cuando
yo era apenas una niña y asistía a la catequesis de primera comunión. Recuerdo
claramente el día que la catequista nos dijo que Dios nos amaba tanto, que
había enviado a su Hijo Único al mundo para que muriera por nosotros en una
cruz, para salvarnos, y esto lo hacía por puro amor. Entonces dije en mí
interior: “yo también quiero amar así,
con Jesús y junto a Jesús”. Luego, un día, sentada en el primer banco de la
Iglesia, durante la Eucaristía, fui totalmente consciente, por pura gracia de
Dios, que aquel Jesús que tantas veces había visto en las estampas del via crucis, que había sido crucificado y había quedado completamente solo en la
cruz, con la compañía de la Virgen María y otras personas que no conocía, era
el mismo Jesús que estaba presente en la Hostia Consagrada y que el Sacerdote
elevaba durante la consagración. En ese momento quise que aquello que yo había
descubierto, muchos más también lo supieran, porque de esta manera Jesús
dejaría de sufrir, de estar solo. Además, fue algo tan maravillo aquel
descubrimiento que yo quería que otros también lo supieran y disfrutaran.
El segundo
testimonio está enmarcado en la misión. Todo ocurrió de la siguiente forma: yo
ya estaba en la Congregación, tenía apenas un mes de postulante, era Semana Santa y nos íbamos de misión a un pueblo que solo Dios, y la persona que nos
llevaría, sabían dónde quedaba. Esta fue mi primera misión. Éramos
tres, Hna. Mª Carlina, Darwin (un chico de la Jer) y yo. Iniciamos
nuestro camino muy contentos, disfrutando del paisaje, pero al llegar al lugar
todo cambió. Primero: no teníamos lugar dónde quedarnos; segundo: al llegar a
la Iglesia aquello era una plaza totalmente abierta, sin puertas ni ventanas,
con las mujeres hablando dentro y los niños corriendo de un lugar a otro, y
desde luego, sin Sagrario, ni Altar, ni nada. Queríamos salir corriendo, pero
ahí nos quedamos. Al pasar los días y no tener respuesta positiva de la gente
del lugar, nuestro desánimo fue en aumento, pero un día, de camino por el río,
de regreso a la escuela donde nos quedábamos esos días, nos llegó el golpe de
Gracia. Todos queríamos regresar a nuestras casas, a nuestra parroquia donde
todo estaba bien organizado y la piedad de la gente desbordaba, con nuestros
amigos y hermanas de comunidad con los que podíamos rezar… y nos dijimos: “si nosotros nos vamos, esta pobre gente se
quedará con menos de lo que tiene de Dios, nadie les hablará de Jesús, si nos
han enviado hasta aquí es por algo, es porque el Señor lo quiere, es porque la
gente necesita de Dios y somos nosotros los que debemos acercarles a Él". Y
como el Bto. Manuel dijimos: "Aunque todos…
yo no…”. Y nos quedamos hasta el final de la misión, el Domingo de Resurrección.
Este
es mi Palomares del Río.
Señor toma mi vida nueva antes de que la espera desgaste años en mí.
Estoy dispuesta a lo que quieras, no importa lo que sea, Tú llámame a servir.
Llévame donde los hombres necesiten tus palabras, necesiten mis ganas de vivir, donde falte la esperanza, donde falte la alegría, simplemente por no saber de Ti.
Te doy mi corazón sincero para gritar sin miedo tu grandeza Señor.
Tendré mis manos sin cansancio tu historia entre mis labios y fuerza en la oración.
Y así en marcha iré cantando, por calles predicando lo bello que es tu amor.
Señor tengo alma misionera, condúceme a la tierra que tenga sed de Dios.