Mostrando entradas con la etiqueta abandono. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta abandono. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de diciembre de 2017

La cuna que le gusta

Y dio a luz a su Hijo primogénito... 
(Lc 2,7)

   Mi Madre Inmaculada busca, mendiga una cuna para su Jesús. Ni en las casas de los ricos, ni de los pobres, ni de los parientes, ni en el mesón de los transeúntes hay un rinconcito para colocar su cuna.
 
No había para ellos lugar en el mesón

   Triste, dura e injusta era aquella repulsa; pero al fin ni Ella ni su Jesús eran conocidos...
   Hoy, a los veinte siglos de predicación, de milagros, de beneficios, de Iglesia, de Eucaristía de Jesús, mi Madre sigue buscando cunas para su Hijo, que todavía no se ha cansado de querer nacer entre los hombres...
   ¿Encuentra muchas cunas?... ¿Limpias?... ¿Cedidas con gusto?... ¿Con generosidad?... ¿Con prontitud?... ¿Con calor o con frío?...
   ¿Cómo le presto yo ahora mi corazón?
   Madre mía, prepáralo tú a tu gusto y al suyo.
   Que mi Comunión os desagravie a los dos de aquella primera repulsa y de todas las sufridas después y de todas las cunas ofrecidas defectuosamente.

Y le envolvió en pañales

   Ya está aquí, dentro de mi corazón, tu despreciado Jesús.
   ¡Se ha contentado con este pobre pesebre! Madre mía, ¡me da pena pensar que lo va a encontrar duro y frío!
   ¡Si tú quisieras obtener para mi corazón un colchoncito de caridad para con mis prójimos, aunque sean mis enemigos, no sólo en la palabra, sino en el pensamiento y en la obra..., unos pañalitos de presencia afectuosa del Jesús tuyo y mío! Así, ¡blandito y abrigado!

Y le reclinó en un pesebre

   Déjalo ahí en mi corazón, no de pie, como el que se va, ni aun sentado, que se podría cansar, sino reclinado, acostado, como el que descansa en lo suyo y no quiere irse nunca...


FLORECILLA DE MI COMUNIÓN: "Corazón de mi Jesús acostado en la cuna de mi corazón, que cuanto quiera, diga y haga hoy te abrigue, te mezca y te recree".

(Del libro "Mi comunión de María", San Manuel González)

jueves, 30 de marzo de 2017

En tus manos


"Padre mío, me abandono a ti; haz de mí lo que quieras:
por todo te doy gracias.
Estoy dispuesto a todo, todo lo acepto con tal que tu voluntad 
se haga en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi alma entre tus manos, te la doy Dios mío, 
con todo el amor de mi corazón, 
porque te amo y es para mí una necesidad de amor el darme, 
el entregarme en tus manos sin medida con infinita confianza, 
porque tú eres mi Padre" (Charles de Foucauld)

Repite, suavemente, cada una de estas palabras: "Haz de mí lo que quieras..."
¡Saborea tu gratitud! "Por todo te doy gracias..."
Vive en la disponibilidad y dile con amor: "Estoy dispuesto a todo".
Porque, en realidad, todo lo aceptas "... con tal que su voluntad se cumpla en ti y en todas sus criaturas".
Amas tanto su voluntad que llegarás a decir con valentía al Señor: "No deseo nada más, Dios mío".
Desde el día que decidiste seguirle, pusiste tu vida en sus manos.

Por eso, en esta Cuaresma, dile al Señor: "Pongo mi alma entre tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón porque te amo y es para mí una necesidad de amor el darme, el entregarme en tus manos sin medida, con infinita confianza... porque tú eres mi Padre".

No tengas miedo. Ten fe. Abandónate en la confianza. 
Vive en la alegría de sentirte amado. 
Ten paz. Vive en su paz. Entra en el silencio y en la escucha. Ora, ora sin cesar.
Entra en el secreto de tu corazón, allí donde Dios habla con mayor suavidad y dulzura, y escucha su palabra. 
Deja que Él obre en tu vida, déjale modelarte, no temas ponerte en sus manos y abandonarte a su amor...

¡Buen camino hacia la Pascua!


jueves, 2 de febrero de 2017

Mi primer Sagrario abandonado

   "Fuime derecho al Sagrario de la restaurada iglesia en busca de alas a mis casi caídos entusiasmos, y... ¡qué Sagrario!
   Un ventanuco como de un palmo cuadrado, con más telarañas que cristales, dejaba entrar trabajosamente la luz de la calle con cuyo auxilio pude distinguir un azul tétrico de añil, que cubría las paredes; dos velas que lo mismo podían ser de sebo que de tierra o de las dos cosas juntas; unos manteles con encajes de jirones y quemaduras y adornos de goterones negros; una lámpara mugrienta goteando aceite sobre unas baldosas pringosas; algunas más colgaduras de telarañas, ¡qué Sagrario, Dios mío! ¡Y qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no volver a tomar el burro del sacristán, que aún estaba amarrado a los aldabones de la puerta de la iglesia, y salir corriendo para mi casa!
   Pero no huí. Allí me quedé un rato largo y allí encontré mi plan de misión y alientos para llevarlo a cabo. Pero sobre todo encontré...
   Allí, de rodillas ante aquel montón de harapos y suciedades, mi fe veía a través de aquella puertecilla apolillada, a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno, que me miraba...   Sí, parecíame que después de recorrer con su vista aquel desierto de almas, posaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me pedía más. Que me hacía llorar y guardar al mismo tiempo las lágrimas para no afligirlo más. Una mirada en la que se reflejaban unas ganas infinitas de querer y una angustia infinita también, por no encontrar quien quisiera ser querido...
   De mí sé deciros que aquella tarde, en aquel rato de Sagrario, entreví para mi sacerdocio una ocupación en la que antes no había ni soñado y para mis entusiasmos otra poesía que antes me era desconocida.
   Ser cura de un pueblo que no quisiera a Jesucristo, para quererlo yo por todo el pueblo. Emplear mi sacerdocio en cuidar a Jesucristo en las necesidades que su vida de Sagrario le ha creado. Alimentarlo con mi amor. Calentarlo con mi presencia. Entretenerlo con mi conversación. Defenderlo contra el abandono y la ingratitud. Proporcionar desahogos a su Corazón con mis santos Sacrificios. Servirle de pies para llevarlo a donde lo desean. De manos para dar limosna en su nombre aun a los que no lo quieren. De boca para hablar de Él y consolar por Él y gritar a favor de Él cuando se empeñen en no oírlo... hasta que lo oigan y lo sigan... ¡Qué hermoso sacerdocio!
   Al poema pastoril en mis ensueños apostólicos del seminario, había sucedido de pronto la visión de una tragedia.
   Sobre aquel cuadro todo luz, todo expansión, todo alegría de los pueblos que yo creía cristianos y que por tanto tiempo había embelesado mi alma, acababa de caer una mancha roja, como de sangre, que quitaba toda la alegría del cuadro y apagaba toda la luz.
   ¡La sangre que al Corazón más bueno de todos los buenos corazones de padres, le está haciendo brotar la herida del abandono más cruel y brutal de todos los malos hijos! ¡Ay! abandono del Sagrario, ¡cómo te quedaste pegado a mi alma!
   ¡Ay!, ¡qué claro me hiciste ver todo el mal que de ahí salía y todo el bien que por él dejaba de recibirse! ¡Ay!, ¡qué bien me diste a entender la definición de mi sacerdocio haciéndome ver que un sacerdote no es ni más ni menos que un hombre elegido y consagrado por Dios para pelear contra el abandono del Sagrario!"

San Manuel González
2 de febrero de 1902

Imagen del corto "Sagrario, hogar de abandonados"

lunes, 2 de mayo de 2016

Soñando con el mañana


La semilla de Nazaret, de una Congregación religiosa que conservara el carisma eucarístico reparador, estaba presente en el Beato Manuel González como sueño y profecía. A la vez, iba surgiendo la inquietud vocacional con este carisma en las jóvenes que participaban de su espiritualidad y misión. Así, el 3 de mayo de 1921, su sueño se hace realidad: nace nuestra Congregación de Misioneras Eucarísticas de Nazaret. Un sueño realizado por puro don y gracia de Dios, que hoy cumple 95 años. ¡Feliz aniversario Nazaret!



Soñando con el mañana

1. Tú me soñaste y me diste la vida,
y me engendraste en tu corazón,
allí me forjaste valiente y decidida,
dispuesta a dar todo, al Todo por amor.

2. Tú me quisiste al lado de María,
junto a la Cruz donde se aprende Amor,
llenando surcos de tu semilla Viva,
de la que nace el más fiel y puro amor.

Levanta tu tienda y no mires atrás,
que muchos surcos esperándote están...
deja que crezca, los soles la maduren,
confía en la potencia que en la semilla va.

3. Tú me quisiste orante y misionera,
entre las manos el hilo del amor,
hasta lograr una red inmensa,
que atraiga a todos, a su barca, pescador.

4. Tú me forjaste voz que a todos llame,
a descubrir de la Eucaristía el don.
Eucaristía, de Jesús presencia viva
que construye el Reino creando comunión.

Levanta tu tienda...

5. Y me lanzaste por pueblos y ciudades,
mostrando a todos que existe un manantial:
Eucaristía, fuente que mana y corre,
porque su Amor no se agota jamás.

6. Me invitaste a luchar contra el abandono,
que es en el mundo raíz de todo mal.
Luchar sembrando amor a todas horas.
Sólo es el Bien el que siempre vencen el mal.

Levanta tu tienda...


sábado, 1 de febrero de 2014

Pero no huí...


   Me ordené de sacerdote y me mandaron los superiores a dar una misión a un pueblecito... Y ante aquella realidad, ¡qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no salir corriendo para mi casa!
    Pero no huí. Allí me quedé un largo rato y allí encontré mi plan de misión y alientos para llevarlo a cabo. Pero sobre todo encontré... a un Jesús tan callado, tan paciente, tan bueno, que me miraba... Sí, parecíame que posaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me pedía más. Una mirada en la que se reflejaban unas ganas infinitas de querer y una angustia infinita, también, por no encontrar quién quisiera ser querido... 
    ¡Ay, abandono del Sagrario, cómo te quedaste pegado a mi alma!

Beato Manuel González